Mi primera vez con un mundial: Sudáfrica 2010.



Por Mirco Sartore.

Creo que en el imaginario colectivo de mi generación, el mundial que más recuerdos y gratas sorpresas trajo fue el de Brasil 2014. Sin embargo, no es mi caso. El de Brasil no fue el mundial que más emociones me deparó, ni por el cual más lágrimas derramé. Ese lugar lo ocupa Sudáfrica 2010, el mundial que despertó mi pasión por el fútbol, el deporte de la dinámica de lo impensado.

Los recuerdos que tengo de los dos mundiales inmediatamente anteriores a Sudáfrica 2010 son escasos. Sí me acuerdo, con siete años, de haber visto por primera vez a Pelé cuando éste le entregó la Copa del Mundo a Cafú, capitán de esa máquina de leyendas que fue el Brasil del 2002. De Alemania 2006, pese a ser más reciente, tengo menos recuerdos todavía: desempolvando un poco mi mente, recuerdo ver Alemania - Argentina en el televisor del aula de sexto grado de mi escuela y sentir desesperadamente las ganas que se terminase el partido para poder salir del aula. Claramente, no fue un mundial que me atrapase:  estaba todavía lejos de ese mundo de la pelota, que, a mis tiernos diez años, no entraba ni con calzador entre mis gustos personales.


Y entonces pasaron cuatro años y llegó Sudáfrica 2010, el primer mundial en el continente negro. Pero, el año anterior al del comienzo de aquel mundial sucedió algo inesperado, que, sin saberlo, forjaría mi relación con el fútbol: el estreno de Invictus, la película de Clint Eastwood ( aunque yo en ese entonces no sabía quien era Eastwood) que hablaba sobre la salida de Nelson Mandela de la cárcel y como éste utilizó el Mundial de Rugby del 95 como forma de vencer las barreras del racismo y el apartheid, otorgándole el deporte de los afrikaners a los africanos de color. Inmediatamente, Mandela ( aunque incompleto en la cinta de Eastwood) se volvió un héroe personal y el Mundial de 2010 pasó a ser importante no solo porque sería la primera vez que vería con ganas a la selección argentina y que fuera el primero que se realizara en el continente negro, sino porque se realizaba en la tierra de Mandela, el último gran hombre del siglo XX, mi ídolo de bolsillo.



También pasó otro hecho fundamental: el de Sudáfrica estaba señalado como el mundial de España. La selección de Luis Aragonés había asombrado al mundo cuando salió campeona en la Eurocopa de 2008 con un fútbol vistoso y de toques ( el famoso tiki-taka). Y en esto, rescato la idea que tenía el gran Diego Bonadeo sobre esa selección española: "es el mejor de todos los equipos que van a competir en el mundial y se merece ganar todos los partidos por diez goles". Aún cuando Aragonés hubiese salido de la dirección técnica y fuese reemplazado por el siempre menospreciado Vicente Del Bosque, la Roja era la mejor selección del mundo. Así que cuando me encontré, ya en el mundial, con la selección española ya habiendo despachado a Paraguay a su casa ( y con Argentina eliminada a manos de la Alemania de Low) me tocó hinchar por la selección de mis bisabuelos maternos cuando ésta se enfrentó a la Alemania que nos metió cuatro goles y que eliminó a Argentina de la copa.

Hubo otra cosa que me legó España antes del mundial que no tuvo que ver con el fútbol, pero que potenció mi cariño a la patria de mis bisabuelos: sus tebeos. No me refiero a cosas como Mortadelo y Filemón, sino a las Bibliotecas Marvel ( fundamentalmente, las de La Cosa) editadas por Panini España que tanto me divirtieron en los años previos al mundial. De alguna manera, el pasarlo tan bien con el cómic estadounidense editado en España me hizo amar las expresiones lingüísticas españolas más de lo que comúnmente lo hace la gente de éste lado del charco.

Empezó la Copa para Argentina y lo hizo con el solitario gol de Heinze a Nigeria. Después llegarían los goles de Higuaín a Corea del Sur, el de Palermo a Grecia y los de Tevez a México. Y tocó de vuelta Alemania, como cuatro años atrás. Pero mi situación  sentimental  con el fútbol ya era bien distinta. Los primeros cuatro partidos del mundial para Argentina desenrollaron al hincha de fútbol que tenía adentro y yo ya creía estar preparado para lo que iba a pasar contra Alemania: no fue así. Tras el 4 a 0, lloré, con quince años, como lo haría un chico de siete. Era mi primera eliminación en un mundial y la sentí como mía, más aún que la final perdida en 2014 o la reciente eliminación en Rusia a manos de Francia. Para los que dicen que no hay como la primera vez: tienen toda la razón.

También, el mundial me acercó a la figura de Messi. Lo sentí como un Maradona para la nueva generación, pero más limpio y honesto, sin todo lo malo que tiene Maradona como persona: era un crack que yo podía admirar. Además, el mundial y la ahora presente figura de Messi ( no está de más decir que antes de Sudáfrica yo no sabía quien era Messi) me acercaron al equipo que, aún al día de hoy, abrazo como mío: el Barcelona de Guardiola. El mundial significó encontrar a Messi y encontrar a Messi significo encontrar al Barcelona, pero éste no era cualquier Barcelona. Todo lo bueno que tenía la selección de Del Bosque, y que Aragonés se sacó de la manga, provenía de la Masía, las divisiones inferiores de ese Barcelona, ese club que era más que un club: era un modelo organizacional a seguir. No en vano, la terna por el Balón de Oro de ese año 2010 fueron Messi, Xavi e Iniesta: los tres mejores jugadores del mundo, canteranos del club con el mejor equipo de fútbol del mundo, la selección de Del Bosque más Messi: el Barcelona de Pep.

Párrafo atrás escribí sobre la derrota y el dolor a manos de Alemania. Pues bien, algo me dice que tuvo que ser así, por lo menos para mí. Ese año 2010 fue duro para mí por cuestiones familiares y cada vez que no quería estudiar por estar pensado en mis problemas, recordaba la disciplina alemana en la cancha, como nos barrieron y yo buscaba emularlos en la medida que se podía hacer. Eran mejor ejemplo que la endeble Argentina de Maradona como DT.

Luego, llegó la final:

De un lado, figuraba la Holanda de Sneijder y Robben ( el primero campeón de la Champions League de ese año con el Inter de Mourinho y el segundo subcampeón de la misma competencia con el Bayern Munich de Louis van Gaal y ambos campeones de la liga y la copa de los países de sus respectivos equipos). Del otro lado, la selección española, la ex Furia Roja, la que había vengado la caída de Argentina y había mandado a los alemanes a competir por el tercer puesto con la sorpresa del mundial, Uruguay.

Y, con estas credenciales, empezó el partido:

Se mantuvo la igualdad por los 90 minutos y, cuando ambas selecciones fueron al alargue, Andrés Iniesta apareció. El verdadero diez del Barcelona según Riquelme recibió en el minuto 116 un pase de Cesc Fábregas ( que, por cierto, es otro canterano de la Masía) y lo convirtió en el único gol del partido.

Don Andrés Iniesta, como lo llaman los medios, evitó por tercera vez que Holanda obtuviera su tan merecida Copa del Mundo, siendo, junto a Xavi, el abanderado de un fútbol español de toque que tanto le debe a lo que hizo Johan Cruyff con su Dream Team allá en los 90s. España fue más que Holanda, siendo más Holanda que la propia selección de los Países Bajos.

Pletórico, Iniesta se sacó a camiseta para festejar el gol y debajo había una musculosa con la leyenda "Dani Jarque, siempre con nosotros", en homenaje al fallecido jugador del Español de Barcelona. Así, el de Fuentealbilla quedó inmortalizado en las retinas de los españoles y la mía y se ganó el derecho de ser aplaudido por las aficiones rivales cada vez que juega el Barcelona en un partido de liga o copa.



Más tarde, llegaría el momento de alzar la Copa del Mundo. Y ese honor le tocaría a uno de los mejores arqueros de la historia: Iker Casillas ( este sí, canterano del Real Madrid). Para la posteridad quedó la imagen de Casillas levantando la copa con sus compañeros al lado.

Así concluyó mi primer mundial. Con la patria de mis bisabuelos maternos consagrada, con el país que tanto me aportó desde su cultura comiquera consiguiendo su primera estrella mundialista. Para muchos, el de Brasil fue más impactante: Messi levándose al equipo al hombro el la primera fase, los goles salvadores de Di María e Higuaín, las atajadas de Romero y el penal de Maxi Rodriguez. Pero, para mí, no hay como esos días y esas mañanas sentado a la luz del invierno viendo a la selección argentina jugar y a la Roja conseguir su primera copa.






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